UPyD puede aparentar estar eufórica, pero la realidad es muy otra

 

 

Jamás se lo volverán a “poner como a Felipe II”. Un país desecho, un gobierno que parece estar diseñado a propósito para un ensayo de Valle o una película de Almodovar. Una oposición pusilánime, recatada y cateta cuyas fórmulas mágicas se quedarán en “magí-cas” por cuasi inexistentes y por falta de audacia. Y una sociedad civil que clama contra su clase política y reclama cambios profundos, aún sin saber bien en qué sentido deben hacerse. No sirve la excusa del sistema electoral. Obtener en estas circunstancias extraordinarias, y después de casi 5 años de andadura política, 750.000 votos es a mi juicio un fracaso político en toda regla. En primer lugar, porque su supuesto programa antisistema debería contar con al menos cinco millones de votos o de apoyos para hacerle realmente un jaque al sistema que dicen querer modificar. En segundo lugar, porque, dadas las circunstancias, su bisagra parlamentaria se va a convertir simplemente en puerta financiera para unos cuantos sin que la esfera pública note la más mínima diferencia.

¿Qué ocurre entonces? A mi juicio queda claro que UPyD no está recogiendo el gran descontento ciudadano traducido en votos. Y no lo hace porque su programa no es lo suficientemente valiente como para enfrentarse abiertamente al establishment. UPyD no aspira a heredar, como el PP, simplemente porque no puede. Aspira a entrar en la fiesta de oligarcas que viven muy de espaldas al ciudadano y que lo hacen porque nuestro sistema, lejos de impedirlo, lo facilita o incluso lo promueve. UpyD no renuncia a la financiación pública de su partido, es decir, que pretende que todos los españoles paguemos su interesada aventura de convertirse en uno más, obviamente con alguna diferencia respecto al resto, pero tan obvio es esto como que esta estrategia rezuma un gran oportunismo, pues quien es capaz de ver a la partitocracia y al modelo de Estado (el autonómico) que la ha convertido en omnipotente como los dos principales problemas de nuestro país, es casi imposible que no entienda que la solución a dichos problemas no se alcanza con varios retoques cosméticos en el Título VIII de la Constitución del 78 y en la ley electoral. Si el problema de España, como piensan casi todos los españoles, por cierto, es la clase política, sin distinciones entre unos partidos y otros (las encuestas avalan lo que digo) habrá que pensar en el modo de quitarle poder y controlarla más, no en la forma de introducir más partidos en ella sobre las mismas reglas que fomentan su existencia y su descontrol. A esta conclusión, curiosamente, no llega UPyD. Es verdaderamente una casualidad. Lo que ya no lo es tanto, es decir, lo que hace que se pase de casualidad a causalidad es que después de todo sigan con una intención de voto del 3%.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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