UNIÓN EUROPEA: NUEVO TRATADO, VIEJA ILEGITIMIDAD

Uno de los problemas que la Unión Europea acusa más frecuentemente es su tibieza a la hora de tomar decisiones. Ya sea para posicionarse frente a un acontecimiento ocurrido fuera de sus fronteras, ya sea para hacerlo respecto a cuestiones internas, Europa no se caracteriza por su contundencia. Estoy seguro de que una causa fundamental hunde sus raíces en la falta de legitimidad. Las dictaduras encuentran la indeseable legitimidad carismática en sus acciones políticas. Las democracias, en la soberanía popular. Cuando una organización no puede definirse políticamente, pues no es ni una dictadura ni una democracia stricto sensu, es muy probable, e incluso lógico, que arrastre esa indefinición esencial en la mayoría de sus manifestaciones.

No hace falta ser un Nobel en economía para saber que el equilibrio presupuestario puede ser una medida eficiente a largo plazo en economías saneadas y estables. Pero desde luego no puede ser eficaz en situaciones de emergencia monetaria y de falta de competitividad económica. Europa necesita, amén de facilitar la innovación y la competitividad,  recortar su frondoso árbol del bienestar empezando por aquellas ramas en las que se ha posado lo supérfluo, aquellos gastos cuya desaparición no afectaría a los derechos fundamentales de las personas ni tampoco a su dignidad e igualdad de oportunidades, pues éstos deben ser sagrados. El  caso de los países del sur, católicos y PIIGS, es mucho más dramático todavía. Las ramas del clientelismo han tapado desde hace años el eje troncal del gasto público, lo que hace inviable el plan de viabilidad europeo consistente en el mero equilibrio, al que, por cierto, dejan en situaciones excepcionales, es decir ésta en la que vivimos, llegar a un déficit del 3%.

¿Por qué, entonces, no se toman las medidas necesarias? En mi opinión está claro. La estricta separación sociedad/Estado que proporcionan los parlamentarismos de listas de partido fomenta el gasto desorbitado (atenuado en el Norte por la ética protestante) y la política clientelista en una proporción tal que el gobernante que se sitúa en la cúspide como una pieza más, valiosa pero una pieza más, de todo el engranaje no es capaz de eliminar a no ser que se cubriese de un gran halo de legitimidad, en cuyo caso, obviamente, correría el riesgo de perder su puesto. No es casualidad que el único país que dispone de un régimen casi al cien por cien democrático, parlamentario, sí, pero sin listas de partido, haya sido el único que se ha plantado firmemente.

Si queremos una Europa fuerte y con cierta voluntad de poder, necesitamos democratizarla. Y, sirva esto también para España, más nos valdría a los ciudadanos pensar que esperar a que el poder se haga el harakiri es como creer que la Tierra pertenece al viento.

 

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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