PROYECTO CONSTITUYENTE

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Las protestas del 15 de Mayo de 2011 fueron resultado de la indignación. El paro, los recortes y la brecha abierta por la globalización entre la opulencia de ciertos ciudadanos, la mayoría obtenida a través de su cercanía al poder político, y el resto, provocaron una salida masiva a las calles españolas. El eclipse de una década de extraordinaria bonanza económica evidenciaba ya las primeras secuelas de una letal patología oculta.

Podría decirse que hemos vivido un Mayo del 68 en versión posmoderna. Entonces, el movimiento estudiantil generó simpatías en el 61% de los franceses. Hoy ha ocurrido lo mismo con el 70% de los españoles que en un inicio secundaron el movimiento. Entonces, la cultura de masas y la sociedad de consumo fomentada por los mass media emergían con fuerza y troquelaban las mentes en un esfuerzo comunitario. Hoy, más que nunca, podemos comprobar que, a pesar de la aparente recuperación de lo que Habermas llamó la esfera pública, debido a la atomización de la libertad de expresión lograda a través de la sociedad del conocimiento, la libertad de pensamiento está tan secuestrada en el hombre posmoderno como lo estuvo en el hombre masa del 68. Ayer, el movimiento estudiantil encontró su aliado en el mundo obrero; hoy los estudiantes se han aliado con miríadas de jóvenes desempleados. La misma juventud que ayer se convirtió en agente protagonista de la vida política saliendo a la calle y reivindicando su posición, hoy ha encontrado también en la calle, en la Red y en las urnas un vehículo adecuado para su finalidad: cuestionar el modelo capitalista de mercado.

La diferencia, para mí fundamental, entre el mayo del 68 y el de 2011, es que el primero fue una protesta anarquista e idealista, una revolución más cultural que política, de corte anarcopacifista maquillado con una sartreana cosmética comunista, mientras que en lo más profundo del mayo español, sin embargo, ha ido poco a poco germinando el más puro comunismo aderezado con un refrescante asamblearismo posmoderno. Por eso, el efecto fallido del mayo francés conllevó la renovación, por aplastante mayoría, del gobierno contra el que se levantó. Y, aunque el primer resultado electoral también colocó a la derecha socialdemócrata y oligárquica de Rajoy en la Moncloa, está por ver el resultado final del 15M, pues los últimos datos apuntan a que en nuestro caso puede haber no sólo consecuencias electorales muy distintas sino, lo que es mucho más preocupante, repercusiones políticas de muy hondo calado.

Los liberales podemos estar claramente de acuerdo con algunos de los más importantes diagnósticos políticos del movimiento. Porque, ¿acaso no es cierto que existe una distancia hoy por hoy insalvable entre la clase política, la oligarquía financiera y el ciudadano, que tan bien resumía el primer slogan del 15M “No nos representan”? Está claro que sí.

¿Acaso el sistema político español cumple con los estándares mínimos exigidos desde el punto de vista de la democracia formal? De ninguna manera.

Y también, como consecuencia de lo anterior, coincidimos con el planteamiento de que hace falta un profundo cambio que devuelva el protagonismo al ciudadano.

Luego si es necesaria una honda reforma política y si lo que se persigue es la redacción de una nueva constitución que asegure la democracia, lo que se necesita es, por lo tanto, la apertura de un proceso constituyente, que le permita al ciudadano y a la nación española actuar con plena libertad política en su redacción. Después de doscientos años de constitucionalismo, ya va siendo hora de que nos percatemos de que las Cartas otorgadas sólo benefician a quienes las redactan, al ser son ellos quienes fijan lo que Jellinek define como las relaciones constantes de voluntad.

Ahora bien, una cosa es estar de acuerdo con la izquierda radical en una parte del diagnóstico, lo que significa que se podría trazar un itinerario transversal para exigir la apertura de dicho proceso, y otra muy distinta, caminar un centímetro más en la misma dirección una vez abierto.

La izquierda española no ha aprendido la lección. Por enésima vez en un siglo, ha vuelto a confundir las consecuencias con las causas. Pues la miseria de muchas familias, el desánimo de la juventud y todo un sinfín de terribles recortes sociales y de igualdad de oportunidades a los que con razón aluden, no se combaten con más igualdad sino con más libertad, especialmente, con aquella libertad política que el 15M ha diagnosticado como problema y ha despreciado como solución. Las heridas provocadas por la gigantesca corrupción, la constitución de oligarquías financieras en connivencia simbiótica con una clase política instalada en el Estado cuya vocación de perpetuidad le permite vivir impúdicamente de un presupuesto público tan desbordante como improductivo y, quizá sea esto lo más acuciante, las patentes amenazas a la unidad de una nación de orígenes seculares, sólo encontrarán cura cuando el ciudadano español atesore la libertad suficiente para poder poner, deponer y controlar a sus gobernantes, planteamiento que no parece conmover lo más mínimo a la izquierda, obsesionada con constitucionalizar la igualdad en vez de garantizar la libertad.

España no necesita una revolución de la igualdad sino una revolución de la libertad política. El genio de Hanna Arendt nos explicó magistralmente la diferencia existente entre la cuestión social y la política, atribuyendo el fracaso de la revolución francesa a la primera, y el éxito histórico de la revolución americana a la segunda.

El proyecto del 15M encarna a la perfección el peligro que entraña la cuestión social como factor revolucionario. Lo que aparenta ser un movimiento joven, fresco y con nuevos bríos, sólo tiene de novedoso el formato en el que se plantean sus reivindicaciones, algunas de ellas muy legítimas. Sus líderes saben lo que quieren, están preparados y dominan el marketing político. Se organizan en Red, han leído a McLuhan y conocen a la perfección las bonanzas de un medio frío como la televisión, para la que se preparan concienzudamente en cada una de las intervenciones en prime time que le brinda ingenuamente el poder.

Muchas de sus propuestas son tan clásicas como quiméricas y necesitan ser presentadas en un narcotizante envoltorio con el que esconder el reaccionario modelo de sociedad que plantean, en tanto que supone la vuelta atrás hacia un denostado paradigma cuyos nefastos resultados han producido afortunadamente su superación en el mundo desarrollado. A falta de nuevas ideas, lo único que les queda es proponer nuevas personas que puedan demostrar la suficiente distancia biológica respecto al podrido régimen político nacido de la Transición.

Pese a su “ambición democrática”, no existe una mínima referencia a la división de poderes, máxima considerada por toda la doctrina como la mayor conquista de la democracia. Lejos de abogar por una reforma electoral que instaure el diputado de distrito, única vía de representación real del ciudadano, apuestan por el sistema parlamentario proporcional de listas abiertas, tan caro a los postulados de la soberanía popular ilimitada que tantos estragos ha producido. Y al abogar por la constitucionalización de todo tipo de derechos sociales, abocan al Estado a la quiebra y a los ciudadanos a la asfixia fiscal. Por si el cúmulo de despropósitos no fuera suficiente, el proyecto de la izquierda radical permite el derecho de autodeterminación de los pueblos, que entendido a su manera, es decir, como un delirio democrático, no se debería ceñir a las nacionalidades ni a las regiones, sino que bastaría con que un grupo quisiera separarse de otro y así lo declarase en una votación, para poder hacerlo. Confundir un hecho existencial, como es una nación, con un proyecto que depende de la voluntad de sus miembros como defendió Ortega y Gasset, es, quizá, el mayor error político que una generación puede cometer.

Así las cosas, nos enfrentamos a dos peligros: el primero es que muchas personas bienintencionadas, acuciadas por los terribles problemas económicos que sufren, caigan víctimas de los cantos de sirena de la izquierda radical, y confundan la cuestión social con una verdadera revolución que instaure la libertad política en España. El segundo es que, debido a la situación caótica del PSOE y a la falta de peso específico de todos sus líderes, la probabilidad de que en un futuro próximo no haya un proyecto sustancial en el centro izquierda que haga frente al modelo reaccionario de sociedad que aquí advertimos es francamente alta.

Es ya evidente que los dos partidos hegemónicos han perdido, afortunadamente, su oportunidad de realizar una reforma política gatopardista, lo advertí en un artículo el 7 de julio de 2013. Hoy, la izquierda radical (Podemos y una IU que actúa ya a su rebufo) es el único bloque políticamente relevante que clama por la apertura de un proceso constituyente. Muchos liberales llevamos años pidiendo lo mismo, baste leer el inicio de este blog o mi libro Mando a Distancia para comprobar que esa idea no es nueva. No me preocupan los derechos de autor; me preocupa, y mucho, que si consigue mantener el monopolio de la autoría del proceso, el día que se abra, y estoy convencido de que no tardará mucho, su modelo de constitución llegará con cuerpos de ventaja sobre el modelo liberal a la carrera constituyente de San Jerónimo.

Los liberales convencidos de que España necesita un nuevo marco jurídico-político con el que afrontar los próximos treinta o cuarenta años, debemos evitar a toda costa que esto suceda. El inmovilismo ha dejado de ser una estrategia adecuada hasta para los más pusilánimes. El régimen surgido de la Transición se está desmoronando por momentos y su espacio, cuando termine de caer, será necesariamente cubierto por otro cuerpo político.

Hay una última cuestión que considero de importancia capital. El proceso de reforma o de sustitución de una constitución es siempre la obra cumbre de toda acción política. Es una tarea titánica y, si se pretende culminarla con éxito, el consumo de energías es de tal naturaleza que exige que sea llevada a cabo por una fracción mayoritaria de la nación. Es ingenuo y pretencioso pensar que un solo colectivo, un único partido político puede promover un proceso de estas características. La unión de afinidades en torno al valor transversal de la libertad ha de convertirse en una cuestión de obligado cumplimiento.

Enlazo esto con el problema final. No estamos los españoles como para pedir bollos políticos al horno nacional. Es obvio que no respiramos la brisa fresca del Gran Despertar mayfloweriano que todavía acariciaba la ciudad sobre la colina en su periodo constituyente, y que, en plena posmodernidad, los españoles tenemos que conformarnos con que, dado el sistema que nos ha tocado sufrir, nuestros dirigentes, lejos de ser los mejores, no sean los peores.

Por eso los ciudadanos, libres de los lazos mezquinos que encadenan a quien pretende figurar y vivir de la política en una partidocracia, debemos tomar la iniciativa y exigir a los nuevos líderes su unión puntual en torno a un programa que exija también la apertura de un proceso constituyente y que, basado en la libertad política, pueda constituirse en el modelo liberal alternativo al que presentará la izquierda radical. Si esto se produjera, comprobaríamos cómo los cinco millones de votos que han perdido los partidos hegemónicos de esta monarquía de partidos y que no han dado su confianza a los nuevos pequeños partidos, terminarían por hacerlo.

Y debemos hacerlo pidiendo al sector más dinámico y a las figuras más destacadas de la sociedad civil (el mundo intelectual y periodístico, la Academia, los profesionales liberales, etc.) que abanderen este proyecto en el que la ciudadanía no debe quedarse al margen.

Estoy seguro de que millones de personas están esperando escuchar los primeros gritos para lanzar sus campanas al vuelo y unir sus voces en un gigantesco estruendo.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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