Por qué no se puede apoyar el referéndum 15-O (I)

 

De aquellas libertades de que dispone un pueblo, la más sagrada de todas es la libertad constituyente. Sin la posibilidad de dotarse libremente de normas que regulen la forma en que la sociedad puede acceder al poder y organizarse no hay vida común digna de tal nombre.

Transcurridas varias décadas de libre convivencia pacífica, con la execrable excepción del terrorismo, podrá argumentarse que la salida pactada de las dos Españas enfrentadas cuya cohabitación se encargó el ejército de un solo bando de garantizar durante cuarenta años, tuvo en la llamada Transición un ejemplo modélico, cuyo reconocimiento internacional no hizo sino consolidar su prestigio interno. Muchos, cada vez más, gracias a la luz clarividente que algunos intelectuales vertieron sobre ese periodo del que parece tan extraño como revelador que no hubiese voces disonantes, creemos que el éxito de la receta se ha sobrevalorado y que la mejor prueba de ello es que de aquellos polvos reformistas vienen los zozobrosos lodos actuales.

En todo caso, lo que ya parece evidente a unos y a otros es que el modelo constitucional del 78 ha tocado su fin. De los muchos motivos que podríamos argumentar, me centraré en los tres más importantes:

El primero, porque los graves, quizá inevitables, vicios ocultos del edificio constitucional han aflorado a la superficie social con tanta virulencia que no parece que pueda haber otra solución que la de socavar controladamente sus cimientos para cortar de raíz las causas que provocan los males endémicos que padecemos, de lo que haciendo una deducción etimológica podemos inferir, sin que tengamos que asustarnos, que las reformas han de tener la condición de radicales (por afectar a la raíz)

El segundo, que trae causa del primero, porque los españoles en 1978 no nos otorgamos una constitución de acuerdo a los principios elementales que deben observarse en todo proceso constituyente que pretenda ser democrático y donde, básicamente, han de quedar garantizados por un dilatado periodo de tiempo la deliberación ciudadana y el pluralismo de las ideas fundamentales que respecto a la forma de Estado y de gobierno y a las reglas de juego político los españoles deseemos tener.

Y tercero, porque existe en la psicología colectiva española un deseo cada vez más poderoso de poner en práctica las recetas que responden al diagnóstico mayoritario de que esta crisis no es simplemente económica sino que obedece a una falta de legitimidad democrática en la representación política y de control sobre la misma. Sin ir más lejos, ayer en Intereconomía, en el programa “Más se perdió en Cuba” al que fui invitado por Xavier Horcajo, me sorprendió gratamente comprobar que entre el directo y el off-the-record la mayoría de los que asistimos a la tertulia estábamos a favor de una revisión profunda de la Constitución.

Este asunto reviste una importancia singular. Hasta hace muy poco tiempo, proponer una enmienda a la totalidad del texto constitucional era un tabú cuya mención forzaba a adquirir la condición de ultrajadores a los pocos que se atrevían a hacerlo y sin embargo hoy parece ser un lugar común en la sociedad civil. La irrupción de este sentimiento en la esfera pública (opinión pública) ha sido espectacular. Ésta es la verdadera causa del movimiento del 15-M y el secreto de su éxito, tomar la calle en el momento oportuno, estrategia que ha repetido con la misma fortuna y que seguirá haciendo en un futuro próximo, según anuncian sus promotores, hasta forzar a la clase dirigente a tomar medidas pertinentes para modificar el régimen partidocrático actual, aspecto sobre el cual ya he mostrado mis reticencias en otros artículos e intervenciones.

En ese empeño, y dando por hecho que los dirigentes políticos actuales no tienen la menor intención de hacerlo, me parece de capital importancia que la ciudadanía organice la convocatoria de un referéndum nacional para que los ciudadanos se posicionen al respecto de la necesidad de una revisión de la Constitución del 78. Si triunfase, si se lograse reunir varios millones de firmas, su carácter oficioso (o alegal) quedaría diluido por la abrumadora legitimidad democrática con la que se revestiría y las autoridades no tendrían más remedio, ante tal presión social, que abrir un proceso constituyente para no verse arrolladas por los acontecimientos.

Es por ello por lo que entiendo que un referéndum es algo de vital importancia y su organización debe descansar sobre sólidas bases capaces de preparar un camino que se antoja de cualquier forma menos fácil. Antes de su convocatoria, se hace necesario abrir una reflexión profunda al respecto que permita analizar los factores políticos que entrarán en juego, la forma en que debe ser lanzada la cuestión, la legitimidad previa con la que debe contar su redacción, el establecimiento de los periodos de reflexión y de libertad expresión necesarios, los recursos logísticos, tecnológicos y humanos con los que se cuenta, el cumplimiento de los requisitos mínimos de imparcialidad, seguridad y transparencia, el requerimiento de financiación, etc., etc., cuestiones sin las cuales la garantía de éxito desaparece.

El pasado viernes, un grupo de jóvenes bienintencionados acudió a  la asamblea de Democracia Real Ya! para pedir el apoyo del movimiento a un referéndum que ellos mismos habían convocado unilateralmente para el 15 de octubre. Probablemente sin saberlo, la estructura que plantearon el viernes adolece de casi todos los males que pueden amenazar el éxito de un plebiscito. Obtuvieron un NO rotundo. Comparto casi todas las razones que DRY argumentó en su negativa y añadiré alguna más.

En el próximo artículo trataré este asunto.

 

 

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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