PLURIARQUÍA vs DEMOCRACIA

Artículo escrito para la Fundación Civil

¿Pueden ustedes imaginar, grosso modo, unas asambleas vecinales reunidas casi de manera espontánea a lo largo y ancho del país en sesiones alejadas temporalmente unas de otras para debatir durante varias horas quién es la persona, entre las muchas que se postulan libremente y sin avales, que mejor representa los ideales y los intereses de la nación y que mejor podría ganarse la confianza de los votantes en unas elecciones presidenciales? ¿Se imaginan cómo se incrementan las posibilidades de un candidato modesto que con ilusión y ganas de trabajar va recorriendo los primeros territorios en donde se organizan las asambleas, exponiendo cara a cara, pueblo a pueblo, twitt a twitt, sus proyectos? ¿Calculan el impulso que unos posibles buenos resultados podrían significar para él en términos de sumar apoyos, recaudar fondos y obtener espacios gratuitos en los medios de comunicación social de manera que pueda seguir en campaña en el siguiente territorio? ¿Pueden hacerse una idea de la manifiesta igualdad de oportunidades en cuanto al derecho de sufragio pasivo que eso implica?

Y, por último, lo más importante. ¿Pueden figurarse la libertad que un candidato bajo esas circunstancias puede tener respecto a las restricciones que las cúpulas de los partidos tienden a imponer a sus candidatos?

Ahora ya pueden dejar de imaginar. Acérquense estos próximos meses a los caucus y las primarias norteamericanas y comprobarán, con las imperfecciones inherentes a toda obra humana, que estas premisas democráticas no sólo adornan la teoría política sino que se desarrollan en la práctica. Aunque el proceder de los caucus difiere sensiblemente de las primarias estadounidenses -los caucus son asambleas vecinales y no eligen delegados para la convención nacional del partido- lo fundamental es que en ambos casos la carrera presenta unas reglas de juego tan bien fundamentadas sobre el principio de igualdad política que la competición queda abierta a todo el que desee participar. Así, los delegados de los distintos candidatos (a veces empleados) tienen la oportunidad de explicar los programas con los que éstos pretenden presentarse a las futuras elecciones presidenciales ante los electores de cada caucus o circunscripción primaria, resultando casi imposible cualquier intento de restricción de dicha facultad.

Lo de menos es que haya un partido o diez, si los existentes se rigen por un procedimiento tan abierto, tan poco oligárquico. Por supuesto, esta afirmación opera también en sentido contrario, es decir, de nada serviría que hubiese muchos partidos en la carrera presidencial si cada uno estuviese controlado por su cúpula y un candidato en principio humilde o no sometido a la disciplina de sus jefes, no tuviera posibilidades, a veces ni siquiera legales, de presentarse. En este caso, la libertad política del ciudadano habría desaparecido.

Cuando en España escucho denodadas críticas al sistema político norteamericano provenientes de voces autorizadas, automáticamente resuena en mi memoria la máxima del cui prodest, pues sólo aquellas personas realmente beneficiadas por el circuito cerrado del establishment pueden defender unas reglas de juego blindadas contra la libertad. Al sistema político norteamericano sólo le resta incorporar el mandato imperativo del representante con su correspondiente revocatoria (la tienen establecida sólo para el poder ejecutivo y para altos funcionarios públicos) y terminar de implementar la democracia digital, cuestión en la que es pionero, para poder decir con orgullo que la libertad política está garantizada.

Nosotros nos encontramos a años luz de ese paradigma. De repente parece que hemos descubierto un arcano y nos ha conquistado la frase tan solemne como simple de “un hombre un voto”, sin importarnos la calidad del mismo (me refiero al voto, no al votante, eso se lo dejo al elitismo pluralista de John Stuart Mill, pensador admirado por algunos de los nuevos dirigentes del PP). Estancados desde hace treinta años en las aguas pantanosas de la oligarquía, pedimos proporcionalidad confundiéndola con la representación y confiamos fielmente en que si a ella le unimos las listas abiertas la democracia estará servida, olvidando que las cúpulas oligárquicas en la nueva pluriarquía seguirán disfrutando del monopolio de la confección de las listas y que lo harán basándose, como único criterio, en la fidelidad de los candidatos. Si llega el caso, estaremos todavía peor, porque entonces el sistema quedará disfrazado, para una mayoría, de democracia. Ahora por lo menos el cinismo es muy flagrante.

Lorenzo Abadía

 

 

About admin

Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

Subscribe

Subscribe to our e-mail newsletter to receive updates.

Leave a Reply

%d bloggers like this: