LA CONFUSIÓN DEL 15-M

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Publicado en La Gaceta

Se han cumplido cuatro años desde que la indignación de varios miles de personas de clase media anegó la Puerta del Sol para declamar contra la oligarquía, inflamando un sentimiento que se acabaría propagando al setenta por ciento de la población, según las encuestas del momento, y del que se hicieron eco los grandes medios de comunicación del mundo. Aquellos que todavía no han comprendido que el 15-M ha marcado un antes y un después en la política española se encuentran en el mismo estado en que se halla el propio movimiento y que otorga carta de naturaleza a la pandemia mental más característica de la posmodernidad. Es decir, en plena confusión.
Es obvio que el 15-M conquistó los corazones de muchísimos españoles. Pero lo hizo en el ámbito en el que se puede ubicar el romanticismo, es decir, en la esfera cultural y espiritual, pues no en vano y tal y como le sucedió al mayo francés del sesenta y ocho, un Gobierno conservador acabó ganando las elecciones por mayoría absoluta a los pocos meses. La incultura política de sus líderes les llevó a creer haber conquistado la hegemonía política y cultural, pero los votos se los llevó un rancio registrador de la propiedad con más aversión al cambio que a su propia muerte.
Cuatros años después, el espíritu del 15-M sigue tan instalado en la psicología colectiva de la nación española como felizmente habita la confusión en el cerebro de sus masas indignadas.
Proclaman que el poder establecido no les representa, pero claman por una ley electoral con los mismos vicios, ignorando que las listas abiertas y la proporcionalidad no destruyen el Estado de partidos o la partidocracia de Schmitt, Leibholz y Kelsen entre otros. Piden transparencia, pero su desconocimiento sobre el poder constituyente que concibió Sieyès permite que los vicios originales permanezcan ocultos tras las bambalinas del sistema. Se asombran e indignan de que la clase política les haya dado la espalda, ignorando que ésa es su tendencia natural, como relató Constant. Reivindican primarias y desconocen los enunciados de Michels. Creen, con Dahl, que el bipartidismo es el problema y el pluripartidismo la solución, sin intuir que ambos pueden ser oligárquicos si el votante no dispone de libertad. Exigen reformas políticas para cambiar la sociedad, sin saber que debe ser la sociedad la que transforme los gobiernos, como escribió Thomas Paine. Exigen la igualdad antes que la libertad, despreciando la doctrina de Hannah Arendt. Porfían en poner puertas al cielo con ingenuas medidas anticorrupción, desconociendo que el poder tiende a perseverar en su ser (Spinoza) y extenderse, salvo que otro poder lo detenga, como nos enseñó Montesquieu. Confunden el consentimiento de Locke con la confianza de Cicerón. Aluden al Gramsci de la hegemonía y olvidan que ésta ha de surgir de la sociedad civil y ser transportada al poder a través de la sociedad política, inexistente hoy. Profesan la democracia directa y desconocen la doble pirueta que sobre mandato imperativo hicieron Rousseau por un lado y Burke por otro. Desean modificar el sistema, pero desconocen que la naturaleza del poder está determinada por la relación mando/obediencia que tan bien explicó Freund. Le piden al poder que actúe éticamente, desconociendo la separación entre la política y la moral que Maquiavelo conceptualizó. Se obnubilan con el medio de McLuhan y desprecian el mensaje. Idolatran la novedad fascistoide de Marinetti como solución y desprecian las conquistas que la tradición ha ido sedimentando. Claman por el consenso, ignorando que éste es consustancial a las oligarquías, y abominan de las mayorías que caracterizan a la democracia.
Se dice que el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones. Quizá conviniese purgarlas con la terapia de la lectura. Pues si no conocemos lo que nos ha ocurrido estamos condenados a repetirlo. Lo dijo Santayana.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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