Frank G. Rubio sobre el libro “Mando a Distancia”

Reproduzco el comentario que ya hace un tiempo hizo Frank G. Rubio sobre mi libro

En Mando a distancia (2011, Editorial Manuscritos) de Lorenzo Abadía, libro de gran interés para comprender la mecánica y la deriva de nuestra infausta política, uno podrá encontrar aseveraciones tan sensatas como las siguientes:

España no vive en democracia. El sistema político existente no permite la representación, no deja espacio a la división de poderes, no faculta la participación y no desarrolla la deliberación pública.Hasta aquí un certero aunque incompleto, como veremos más delante, diagnóstico. Continuemos: El régimen político español, portador de la tradición continental europea que secuestró la libertad política al ciudadano, ha generado unos partidos políticos omnipotentes  oligárquicos que, instalados en el Estado, no representan a la sociedad y además, se encuentran fuera de control.

El problema real no son los dirigentes que tenemos sino el sistema que los mantiene. Lo que implica que otra renovación de las personas en la responsabilidad de gobierno no solucionará el problema económico español. El gasto público insoportable, el mal uso de los fondos públicos, las prebendas a muchos dirigentes, la corrupción y la connivencia con la oligarquía financiera no constituyen una casualidad en España.

Hoy, al contario que en la época medieval tan mal entendida por los modernos, no es el consentimiento el principal configurador de la representación sino la unidad y la voluntad de ese artificio soberano al que llamamos “nación”, que funde los designios e impulsos individuales en una totalidad en gran medida espuria. Es decir, y hablando en plata,  otorgando el control a una nomenclatura autodesignada.

Y es que por mucho que duela reconocerlo, y como muestra detalladamente Félix Rodrigo Mora en La democracia y el triunfo del Estado (Editorial Manuscritos), el secuestro de la libertad política del pueblo en España es obra del liberalismo decimonónico.

En cuanto a la democracia de masas, no la democracia de los antiguos ininteligible por proceder de una matriz simbólico-religiosa inasimilable para nosotros (herederos de la farsa judeocristiana prolongada agónica y arteramente por el progresismo ilustrado), está permeada de un totalitarismo de fondo de corte milenarista secular e inquisitorial que la mayor parte de los ciudadanos y especialistas se niega obstinadamente a percibir.

Tanto la propuesta del distrito uninominal, como la elección directa del Presidente del Gobierno en una circunscripción nacional sin intermediarios o la postulación de un poder judicial independiente, sin duda cuestionarían de modo radical el parlamentarismo partitocrático que permite a la oligarquía financiera y mediática su dominación. Pero ¿cómo llevar esto a buen puerto? ¿Quién le pone el cascabel al gato?

¿Acaso ignoramos que los actuales sistemas parlamentarios  fueron impuestos  en Europa tras la guerra por los Estados Unidos, manu militari sobre las ruinas, precisamente por su carácter oligárquico para mejor garantizar la hegemonía de Norteamérica y facilitar la realización de sus planes geopolíticos de dominación planetaria hoy mas visibles que nunca?

Cierto que la defensa de la representatividad y responsabilidad de los electos y el control recíproco de las funciones evitan la tiranía pero a mi no me queda claro que una sociedad como la española actual cuya clase política, casi una casta, colusiona con los intereses “privados” (no sólo “nacionales”) sirviéndose para ello de potentes clientelas sitas en las burocracias estatales, autonómicas y municipales, esté dispuesta de buen grado a modificar su trayectoria. Los países donde surgieron estas mecánicas de limitación del poder, basadas en “checks and balances”, son hoy, paradójicamente, los máximos exportadores de desorden y corrupción. Sin contar que llevó décadas o siglos de procesos evolutivos llegar en ellos a esos supuestos grandes logros.

No se puede negar que las herramientas digitales, en las que el autor deposita a mi modesto juicio excesiva confianza,  pueden generar un potente movimiento renovador en la opinión pública pero lo decisivo no está en el plano de las ideas sino en el acceso al control de los engranajes básicos del Estado: moneda, comunicaciones, justicia, seguridad, educación, etc. Mejor aún: en la posibilidad de suprimir ese acceso a los que ahora lo detentan. Y para que engañarnos: cuando uno se embarca exitosamente en estas aventuras se pierde, como mínimo, la inocencia. El Príncipe fagocita a los sublevados, es ley de muerte. Sin contar claro las innumerables posibilidades de fraude que permiten las maquinas de votación o los referéndums vía sms. Panaceas supersticiosas configuradoras de zoones-granja. El escrutinio de las votaciones fuera de ser un procedimiento protocolario adventicio es parte cabal de una democracia en condiciones. Incluso hay elementos de sorteo y los ciudadanos, designados al azar, contemplan con sus propios ojos el conteo de las papeletas. Lo contrario seria entregar a los expertos y a empresas privadas o publicas, ¡qué más da!, un cheque en blanco que sería aprovechado, como ya lo ha sido en diversos países, para el fraude.

Las “revoluciones de color”, que impulsadas por los Estados Unidos y Europa han desmontado diversos regímenes presuntamente maléficos (Serbia, Ucrania, Georgia, Egipto, Túnez etc.), a las que creo alude el autor de modo sibilino, no han hecho otra cosa que empeorar drásticamente la situación vital de los habitantes de estos países. Fueron revueltas implementadas, en gran medida, con instrumentos digitales que sirvieron para llevar al poder a élites leales al proyecto global de dominación euroamericano. Montajes de una vileza estremecedora, con coartadas retóricas “democráticas”, de muchos de los cuales aún nos queda  por apurar el cáliz amargo de sus consecuencias en un futuro cercano nada prometedor. Mas allá de la propaganda grotesca basada en los “derechos humanos” y las aberraciones  globalizadoras y jesuíticas de las organizaciones no gubernamentales, vectores estas últimas en la mayor parte de los casos del más impúdico de los imperialismos, está el mundo de las realidades tangibles.

Este libro que nos ocupa, inteligente y sintético, que llega treinta años tarde muestra con coherencia los hechos y el diagnóstico pero falla en los remedios. Las propuestas tienen un aroma seráfico e irreal preñadas de lo que Gustavo Bueno ha calificado con lucidez como “fundamentalismo democrático”. Vivimos en el marco anómico y aculturador de la sociedad global. La “golemización” de las masas vía conexión electrónica, etapa final de la movilización total de la muchedumbre solitaria, nos traslada a un mundo de manipulación total y locura, social y mediáticamente legitimadas. Nuestro mundo. Por eso hablar, como hace el autor, de que España tiene problemas para adaptarse a la globalización, en el actual escenario de guerras crudelísimas, revoluciones de pacotilla y crisis económica brutal y provocada, resulta intelectualmente desesperanzador.

Las élites, que nada tienen que ver con las aristocracias del mundo antiguo, se han encumbrado al pináculo de la sociedad mediante el control financiero y tecnocrático sumiendo a las poblaciones, mediante el urbanismo, la educación, la vigilancia policial y el control mediático, en la más abyecta de las esclavitudes. Y todo jurado sobre los ídolos de barro de la filantropía y el espectro del estado asistencial y terapéutico.

Ya en la presentación del libro en el Ateneo de Madrid escuchamos diversos cantos de sirena en las intervenciones desarrolladas durante el debate. Destacaré dos: 1 La emergencia supuesta y decisiva de un cerebro colectivo gracias a la red y a sus usuarios y 2 la necesidad de dar a luz a un tercer partido en España que, más allá de los dos de siempre, nos traiga algo de luz y soluciones pues “así lo han determinado los Grandes Maestros”.

La Red, como colofón de un proceso iniciado en la Revolución Industrial con la inicua factoría,  ha conseguido, junto con la espectacularización mediática y el hacinamiento urbano, empujar lo real y lo convivencial a un lado sustituyéndolo por una galería de espejos virtual que, no es accidental, se ha convertido en vector de comercio, de vigilancia y de difusión sistemática de la estulticia. Lo que los neoliberales (¿también los masones?) veneran y nombran como la Gran Sociedad. Absolutamente indistinguible en lo fundamental de los ensueños utópicos colectivistas del comunismo soviético, tanto ruso como chino. Puede que estemos accediendo a un cerebro colectivo pero dudo que sea un cerebro valioso. Nada que ver con la especulación literaria de Theodore Sturgeon en Más que humano, por poner un ejemplo.  Yo desde luego veo  ya el offfuturo y percibo el descerebramiento individual generalizado en el  presente.

En cuanto a los Grandes Maestros y al supuesto paradigma de “la nueva sensibilidad”, que se nos trata de meter hasta en la sopa, basado en ecologismos, feminismos, Nueva Era rebuznante y danzante, religiosidades recuperadas, teoría de la relatividad para bobos y crédulos sin límite y la aberración cognitiva y estética de lo que se ha dado en llamar “inteligencia emocional” ¿qué puedo añadir que no hayan hecho ya numerosas obras literarias consagradas a describir distopías? Cada segundo nace un iluso. Pero contra la estupidez los propios dioses, como señalaba el poeta, luchan en vano.

Volviendo al libro: no queda refutado en modo alguno el pesimismo de la Escuela de la Elección Pública (Public Choice), ni se da respuesta a las incógnitas que suscitan tanto la paradoja de Arrow como el Dilema del Prisionero. Como señala Gordon Tullock: no ha habido ejemplo alguno en la Historia de insurrección popular exitosa en la medida que los aparatos de seguridad permanecieran leales al gobierno y este permaneciera unido[1]. Lo demás son buenas intenciones que sabemos bien adonde conducen.

Bien está  buscar crear un estado de opinión contrario a la injusticia  y defensor de la libertad pero cuando la ciudad alegre y confiada, permítaseme el símil, cae en manos de  los más aviesos criminales, como es el caso del mundo occidental actual, hay que remitirse a clásicos  del western como: Sólo ante el peligro o El cobarde para intuir una solución aceptable al dilema. Que, como enLa Odisea, sólo puede ser contundente y violenta.  El éxito está siempre del lado de aquellos en quienes se reúne el coraje, la buena fortuna y el favor de los dioses antiguos y perfectos.  Es ineludible  además la neutralización de los criminales, el Diablo incluso puede ayudar un poco.

Lo demás, como señalaba George Washington, sólo es viento en los árboles.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

2 Responses to Frank G. Rubio sobre el libro “Mando a Distancia”

  1. Marcus 10 Febrero, 2012 at 09:08 #

    Lorenzo, no encuentro el libro ¿todavía está en las librerías?

  2. admin 10 Febrero, 2012 at 09:11 #

    Está en El Corte Inglés, Fnac y La Casa del libro. La editorial manuscritos.com va a comercializar una edición digital a muy buen precio.

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