CÁDIZ Y SOCIEDAD CIVIL, LA REVOLUCIÓN PENDIENTE

(Escrito para la Fundación Civil)

Quien se haya enfrentado al libro “El primer naufragio” de Pedro J. Ramírez, al comenzar a leer las primeras páginas de su artículo dominical sobre la constitución de Cádiz habrá podido intuir fácilmente el final. Su tesis, muy bien documentada, es que la Constitución del 12 cometió casi los mismos excesos racionalistas que la francesa de 1791 y que le condujeron al desastre. Su apuesta decidida por los derechos del hombre y su concepción de la soberanía popular, amputó de raíz cualquier posibilidad de entendimiento con la monarquía y los poderes establecidos. Su hipótesis de que habiéndose instalado un Cabinet System inglés -como proponían Jovellanos y Blanco White, y tal y como importó el propio régimen orleanista dieciocho años después, proporcionando la estabilidad necesaria para que floreciera la revolución industrial y el crecimiento hasta las revoluciones de 1848-, de forma que el oportunismo de Fernando VII hubiese encontrado una buena ubicación normativa sobre la que edificar su Corte, parece encuadrar en la línea del poco a poco anglosajón que a través de pequeños pasos normativos ha ido generando un acervo consuetudinario tan consolidado como legendario. En todo caso no deja de ser eso, una simple hipótesis frente a la cual se puede argumentar que el Antiguo Régimen, sólo bajo el contexto de una situación extrema como la vivida en plena guerra de la Independencia habría permitido la más ligera disminución de sus privilegios. Es muy difícil derruir a medias un sistema de estructura secular. Ante el riesgo de que la primera gran embestida no logre el objetivo, muchos movimientos sociales parecen pecar por exceso sin saber en realidad qué habría ocurrido si en esas primeras cargas se hubiesen proyectado unos pocos kilos menos de fuerza.

No es el objeto de mi artículo analizar la Pepa, hoy hay muchos análisis en la prensa, con motivo de su bicentenario. En función del lugar de partida, se le puede acusar tanto de demasiado progresista como de demasiado poco. Basten unas cuantas observaciones para demostrarlo:

No pudo ser fácil construir, en contra de una férrea tradición, un régimen de libertades en un Estado prácticamente inexistente, estructurado en una nación sin clase política ni burguesía, que no cobró conciencia de su propia existencia precisamente hasta su sublevación contra José I, primera sublevación, por cierto, de una nación en Europa contra su monarca legítimo.

Pese a los problemas inherentes a la no traducción normativa de una idea constituyente, no creo que se deba minusvalorar el intento de racionalizar el origen del poder, pues teorizar y constitucionalizar la emancipación del hombre supone un gran salto, un fastuoso reto, en la kantiana evolución constante de la humanidad. No conceder dicha posibilidad de emancipación ni siquiera en el plano teórico es girar eternamente en torno a un mismo problema. ¿Cuándo está el hombre verdaderamente preparado y cuándo no para su verdadera emancipación?

Distinto es que dicha emancipación no se produjera en Cádiz. Pese a las críticas conservadoras, la Pepa no resolvió con acierto el problema de la soberanía popular. Entre sus redactores no hubo representación del pueblo llano (éste casi no se enteró del proceso revolucionario por mucho que Galdós lo escenifique magistralmente en sus episodios nacionales) y aunque en las circunstancias del momento esto hubiese sido imposible, no creo que en el espíritu constituyente subyaciese esta preocupación. Por otro lado, se estableció un sistema de sufragio pasivo claramente censitario. En último término, introduce inconscientemente el problema que nos acompañará desde entonces como una maldición a lo largo de los siglos XIX y XX: el problema de la división entre las dos Españas, dejando ya a un lado las Españas de ultramar, de la que la Pepa se erigió en paradigma para reivindicar y conseguir su emancipación, verdadera consecuencia práctica de su redacción, entre otras razones porque en Cádiz estaban la mayoría de los libertadores americanos, como Bolívar o Miranda.

Las Cortes de Cádiz no encontraron su lugar en la España del momento. Todas las medidas tuvieron muy poca eficacia porque las Cortes estaban aisladas, no tenían capacidad operativa y el hecho histórico que creyeron vivir no era el real, fue más un sueño voluntarioso que un hecho verídico. Lo cual no implica que reduciendo el nivel de su ambición se hubiese conseguido algo más sólido y duradero.

Por otra parte, si error consistió en un exceso de racionalismo y progresismo, la Restauración habría solucionado el problema tras la larga tregua política que proporcionó y habría llevado a buen puerto las transformaciones económicas. No hace falta indicar, con el telón de fondo del 98, la situación a la que acabó transportándonos dicho periodo. Es sólo un ejemplo.

Contrastar la ingenuidad altruista de los doceañistas y veinteañistas con el sentido práctico de nuestra Transición, tal y como apunta Pedro J. Ramírez, no es en absoluto oportuno. Nada nos obliga a deducir, repito, que el resultado habría sido otro de haber redactado un texto menos liberal (no era democrático todavía), y sin embargo, dadas las diferentes circunstancias históricas, estamos obligados a inferir que la Constitución del 78 podría haber sido mucho más generosa en términos de verdadera representación, control del poder y participación ciudadanas, y mucho menos pusilánime con los nacionalismos.

La Constitución del 78 no ha sido un modelo de nada -salvo para futuras clases dirigentes que aspiren a vivir sempiternamente del Presupuesto- como quizá fue la Pepa, aún copiando de la Constitución francesa de 1891 casi todos sus preceptos. Si lo que está sucediendo en España no es suficiente para sancionar a nuestros constituyentes con la calificación de muy deficiente, no alcanzo a imaginar qué nos tiene que ocurrir. ¿Acaso es necesario que volvamos a morir de hambre -no lo digo en el sentido figurado- como ocurrió en nuestro siglo XIX por obra y gracia de la clase dirigente para entender que esto no funciona? ¿Tenemos que llegar a ver cómo quiebra la Seguridad Social y el sistema de pensiones para entender que algo falla….?

La crisis económica no es el problema sino su manifestación. Ésta ha evidenciado una crisis institucional y una crisis casi existencial de nuestra convivencia.

Necesitamos una revolución verdadera. Pacífica, pero revolución. La que no tuvimos en Cádiz, la que no supimos darnos en todo el s. XIX, la que no alcanzamos en el 36 y la que no nos atrevimos a exigir en el 78. Una revolución democrática, que por supuesto, amparándose en la soberanía popular, establezca los controles necesarios al poder para que no se extralimite. ¡Qué sencillo es entenderlo y qué difícil aplicarlo!

No podemos zurcir el traje constitucional con remiendos en el Título VIII, pues éste es consustancial a la propia tela que tejió la clase política allí constituida. Ni siquiera disponiendo el texto de amplios mecanismos de reforma, que obviamente no es el caso, podríamos llamar así a lo que ésta necesita. En ese caso habría que llamarle revisión y no reforma, debido a la profundidad de la transformación. Dado que los mecanismos de reforma son prácticamente inexistentes desde fuera del sistema, y no es de esperar que éste active dichos mecanismos para perecer con ellos, hablando con propiedad debemos llamar proceso constituyente a lo que España necesita para dotarse de otras reglas de juego político. Y sólo debemos esperar que, más pronto o más tarde, dicho proceso sea exigido por la ciudadanía. No tenemos afortunadamente la misma sociedad del XIX. Existe una clase media que, aunque mermada en sus facultades, mantiene todavía el vigor. Fue lo que nos faltó durante todo el XIX y buena parte del XX. En ella debemos depositar todas nuestras esperanzas.

 El sábado la Fundación Civil y la Sociedad Civil Española organizaron un bonito debate sobre el poder en el siglo XXI. A lo largo de cuatro horas de coloquio entre cinco personas brillantes, dos ideas revolotearon omnipresentemente. El sistema actual de poder no es el adecuado para el siglo XXI, y las nuevas tecnologías se encargarán de transformarlo. Es natural que quienes dominan las tecnologías no conozcan bien la naturaleza del poder político y por lo tanto no den con las respuestas adecuadas en sus sugerencias. También es normal que quienes se han dedicado a estudiar el Estado y su composición, mantengan sus reservas internas acerca del enorme potencial transformador de las TIC. Ambas posturas caminan hoy sendas convergentes. El día que dichas trayectorias conecten, la chispa de la revolución democrática habrá saltado.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

2 Responses to CÁDIZ Y SOCIEDAD CIVIL, LA REVOLUCIÓN PENDIENTE

  1. Marcus 9 Abril, 2012 at 17:48 #

    Me gusta

  2. Elena 9 Abril, 2012 at 17:49 #

    Coincido con tu línea pero es muy difícil conseguir lo que propones

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