ARIAS, SUÁREZ y LAS LÍNEAS ROJAS

 

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Casimiro García-Abadillo, en uno de sus ligeros artículos, recordaba la frase que había escuchado de un antiguo prócer del PP: «Rajoy tiene que elegir entre ser Arias o ser Suárez». Inconscientemente el ex ministro estaba delimitando un espacio temporal-ideológico que ha determinado la historia reciente de España. Entre Arias y Suárez, allí mismo se encuentra, ése es el verdadero paréntesis en el que se enmarca nuestro problema de fondo. Aunque es cierto que en los territorios en donde el nacionalismo ha hecho de sus planteamientos teóricos auténticas leyes fácticas, estableciendo lamentables excepciones a la libertad de pensamiento y expresión, la inteligencia y el análisis político nos obliga a reconocer que en los treinta y nueve años transcurridos desde que murió el dictador, España ha disfrutado libertades civiles. Ése y no otro es el legado de la Transición, la concesión de las libertades individuales (civiles) a cambio del secuestro de la libertad colectiva (política).

Por eso hoy no podemos, como pudieron hacer nuestros padres cuya educación discurrió enteramente por el itinerario del franquismo, aludir a la censura y al pensamiento único del consenso para alegar nuestro desconocimiento respecto a lo que ha ocurrido en España durante las últimas cuatro décadas. No podemos, porque pese a que la Academia ha estado infestada de pseudointelectuales del régimen y pese a que la mayoría de los medios de comunicación se pasaron con armas y bagajes al consenso partidocrático del reparto (perdón por el doble pleonasmo), también ha existido, para quienes han querido buscar, la libertad suficiente para encontrar análisis alternativos al discurso hegemónico de que la Transición fue un dechado de virtudes. Si este aserto pudo ser cuestionado en el albor de esta mal llamada democracia, tras la irrupción de la sociedad del conocimiento y el fortalecimiento de la esfera pública que ello ha supuesto, nadie puede alegar, sin incurrir en mala fe, que no ha dispuesto de la libertad necesaria para documentarse concienzudamente y analizar los problemas de fondo que asolan la piel de toro.

Es intelectualmente inadmisible que nuestras élites intelectuales y periodísticas sigan pensando que nuestra Constitución es casi perfecta, que el desempleo, la pobreza de millones de españoles, la galopante corrupción y la amenaza de secesión a diez y ocho semanas vista no traen causa de la misma, y que los pocos retoques, casi cosméticos, que necesita, han de realizarse desde arriba, como siempre en la historia de España, para poder establecer los límites necesarios de forma que, al fin y al cabo, todo el edificio político siga igual, sólo que con una fachada un poco más limpia. Ése es el mejor regalo que hoy se le puede hacer a la izquierda radical, permitirle establecer un diagnóstico parcialmente acertado de modo y manera que sus propuestas parezcan igualmente fiables y consigan la confianza de los ciudadanos ingenuos.

La UCD de Suárez concedió libertades civiles, sí. Pero políticamente, no hizo sino retocar el franquismo para sustituir el monopolio de un partido por el oligopolio de varios. Y se dedicó a conceder autonomías territoriales hasta donde fue en ese momento suficiente. Es decir, blindó las reglas de juego en donde necesariamente habría de emerger una clase social completamente independiente de los ciudadanos y estableció un precedente que no han dejado de aplicar todos los gobiernos sucesivos, consistente en otorgar a los nacionalistas todo aquello que en cada momento exigía la egoísta aritmética parlamentaria con la que gobernar sin tocar sustancialmente nada. El resultado es de sobra conocido.

¿De qué sirve negar la evidencia? Cuando Casimiro García-Abadillo alude a una reforma pactada y limitada por líneas rojas”, ¿no es consciente de que eso es precisamente lo que el régimen necesita para perdurar unos años más? ¿Acaso Cayetana Álvarez de Toledo, portavoz del Manifiesto de los libres e iguales, que con todo tipo de reservas he firmado, todavía no se ha dado cuenta de que nuestro sistema político se encuentra a años luz del modelo anglosajón (We the people…) que dice admirar y que con pequeños parches colocados desde el poder no es posible modificar su esencia?

Por muchas verdades y buenas intenciones que puedan albergar sus cartas y manifiestos, mientras no cojamos nuestra piel de toro por los cuernos, no llegaremos a una solución decente y viable. España es una partidocracia porque la Constitución de Suárez impide la democracia.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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