AHORA, CAMBIO DE RUMBO

(Artículo escrito para la Fundación Civil)

Con una pluma tan fina como enriquecida por un pensamiento cultivado y profundo, Alejo Vidal-Quadras acumula en su nuevo libro“Ahora, cambio de rumbo” una sólida masa crítica con el sistema político español y la esculpe en forma de propuestas para los próximos años. El resultado es una obra que además de compacta es clara, y yo diría de estilo clásico en el sentido de haber sabido prescindir de la ambigüedad actual de la Academia y el relativismo que caracteriza lo posmoderno.

Todavía hay una característica más a destacar entre las muchas que presenta. Nunca alguien con tanta autoridad moral e intelectual en un partido político hegemónico había hablado tan claramente respecto a las dolencias de un sistema que gravita en torno a una norma redactada entre la monarquía impuesta por Franco y la entonces incipiente clase social con denominación propia surgida de unas Cortes ordinarias.

Quizá se pueda -o se deba- pisar más a fondo el acelerador vehicular de las reformas, e incluso fijar como horizonte un destino más lejano, pero lo cierto es que el mérito impregna cada una de sus hojas, considerando el punto de partida del autor. Pues no sólo hay que tener mucha lucidez mental para alzarse sobre las sombras a las que sujetan las siglas paradigmáticas de la partidocracia. También hay que atesorar un gran valor para manifestar públicamente que las verdaderas formas políticas que perfila la luz democrática no pueden observarse dentro de la caverna oligárquica.

A quien le parezca que Vidal-Quadras todavía alberga en su planteamiento una cierta benevolencia intelectual respecto a la Transición, me atrevo a decirle que en realidad es una condescendencia tratada con una muy sutil ironía, como tuve la ocasión de apuntarle no hace mucho en uno de sus discursos en el Ateneo de Madrid. Como liberal de honda cultura, sabe perfectamente que un sistema basado exclusivamente en la responsabilidad de los gobernantes es un sistema abocado, por definición, al fracaso.

Nuestro desastre nacional, que él equipara con acierto al del 98, no se debe a la traición del PSOE como consecuencia de su complicidad en la deriva radical de Rodríguez Zapatero que dio al traste con el consenso de los dos grandes partidos para ayudarse mutuamente en el sostenimiento de la arquitectura constitucional en el caso de que las ambiciones soberanistas de los nacionalistas sobrepasasen el límite de lo que ellos estipulasen como razonable. Nuestro desastre nacional es el consenso en sí mismo, constituido como contrapunto a la democracia.

Apunta Vidal-Quadras que una vez zafado de la atractiva indumentaria del republicanismo cívico y la teoría de la no-dominación de Pettit, la tercera vía de Giddens y la acción dialógica en la esfera pública de Habermas con la que acudió a la gala del Congreso federal y que lució en la oposición a Aznar, el ya presidente por accidente la recogió en el baúl de los recuerdos para quedarse desnudo ante el nihilismo y la subjetividad constructivista, demostrando que esta filosofía y las relaciones con los grupos radicales y lobbies subvencionados que la profesan, constituyen la verdadera piel que habita, cuestión que ha hecho descarrilar al exhausto tren de la democracia española al encontrarse huérfana por la izquierda en su proyecto nacional. Sin embargo, Zapatero no ha hecho sino precipitar una muerte anunciada, adelantar con su estulticia lo que en todo caso habría sucedido. Si PP y PSOE hubiesen ambicionado un sistema diferente al que redactaron y disfrutaron, los nacionalismos no les habrían resistido ni un telediario.

Me parece muy acertada su más genuina opinión de que España terminó siendo una democracia medianamente homologable debido a la coyuntura internacional de nuestro entorno, cuyo caudal fluía en esa dirección. Está visto que el pueblo español es un preso a perpetuidad de la servidumbre voluntaria que atenaza a las sociedades que no han conocido la libertad y que, excepto en muy determinados momentos de liberación nacional, como la Guerra de la Independencia, que excitó como bien se vio después, más el celo patriota que el de la libertad, jamás se ha quejado de la opresión, lo que implica que se habría resignado a aceptar casi cualquier sistema.

La Constitución del 78 fue el fruto del consenso, es decir, de un reparto del poder en el que la preparación intelectual y las convicciones democráticas cedieron ante el oportunismo político de una derecha heredera, una izquierda dispuesta a participar del botín del Estado y unos nacionalismos que vieron la puerta abierta a sus seculares ambiciones independentistas a través del quicio del Título VIII, al principio camufladas de regionalismo, luego de autonomismo, después de nacionalidad, posteriormente de autodeterminación y finalmente de soberanismo.

Que la Constitución es un papel mojado es algo que comparto totalmente pero que, fruto del descuido y de la impotencia, los constituyentes dejaron demasiados cabos sueltos es algo con lo que no es fácil comulgar, pues para blindarse ante la sociedad y mantener férreamente su poder no anduvieron tan ingenuos. Precisamente al degradar en origen nuestra democracia a una partidocracia, la buena voluntad y la presunción de inocencia desaparecen automáticamente si se aplica la máxima del cui prodest. Por lo tanto, la premisa de que el espíritu de la Transición estuvo guiado por la convicción de que la alternancia canovista en el poder entre la nueva derecha y la vieja izquierda acabaría integrando en su visión patriótica a los estrábicos nacionalistas y que en caso de desvío los dos grandes cerrarían filas, hace aguas. De nuevo, Alejo recurre a la fina ironía como figura retórica.

Tanto es así, que el posibilismo oportunista que sugiere se ve perfectamente reflejado en el espejo de las CCAA, donde los dos grandes partidos nacionales han reproducido miméticamente los excesos del poder nacionalista en las Administraciones que han gobernado, convirtiendo el modelo territorial español en una hidra cuyas diecisiete cabezas no dejarán de reproducirse salvo que, como hizo Hércules, se corten todas de una sola vez.

En nuestro feudalismo posmoderno, no es la ambición nacionalista –eso ya se sabía- lo que rasga España a jirones sino el oportunismo y la mezquindad de quienes han pretendido constituirse como clase política y se han blindado, como es consustancial a su propia naturaleza, de las injerencias del resto. Los lodos en los que nos ahogamos provienen, como muy bien apunta Alejo, de los infectos polvos de una ley electoral predemocrática (y también antidemocrática) a través de la cual se eligieron unas Cortes ordinarias, autotravestidas en constituyentes en un acto de transgresión política sólo equiparable al posterior 23-F.

Es éste, en resumen, un libro con el que se aprende. Y lo que es más importante, es un ensayo que alimenta la esperanza de cambio porque el lector puede constatar que España dispone de recursos morales e intelectuales suficientes para abordar una transformación real de las reglas de juego políticas. Sólo hace falta que las ondas emitidas por dicha materia gris encuentren la receptividad que merecen.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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