21N: un proceso constituyente cómo única solución

 

 

De entre cientos de intelectuales y miles de periodistas dedicados en exclusiva al análisis político, llama la atención que sea un italiano quien realice el mejor diagnóstico de la situación que vive nuestro país. En un párrafo epitáfico Jacopo Rosatelli manifiesta que España conoce muy bien la gran diferencia que hay entre ruptura y transición. Ambas garantizan condiciones mejores que las que se viven en la situación anterior, pero sólo la primera conlleva rechazar explícitamente el legado cultural y material del pasado, con el fin de intentar que no sobrevivan estructuras y mentalidades del régimen precedente. […] Hay situaciones históricas donde quizá no se pueda actuar de otra manera, y no es mi intención cuestionar aquí el complejo tema de la Transición española.”

Efectivamente, y sin querer profundizar en la crítica a esos años difíciles que fueron los de la Transición, lo cierto es que arrastramos una serie de vicios desde el comienzo de nuestra andadura democrática que sólo la vigorosidad de nuestra sociedad civil ha logrado camuflar hasta hace unos años. Estos males endémicos de nuestro sistema atentan directamente contra la legitimidad democrática del mismo y responden negativamente a la pregunta de si verdaderamente ostentamos un gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo como parece estar convencido Pedro J. Ramírez.  La democracia no es un juego que se deba contemplar simplemente desde la óptica romántica de un hombre un voto. Es, fundamentalmente, un estatuto de poder que otorga a la mayoría la garantía de que sus demandas serán escuchadas desde las instituciones y que de no ser así, el ciudadano y/o la ley podrán sustituir al gobernante que no se ha preocupado ni de cumplir sus promesas ni de colocarle en el horizonte de toda su acción política.

Por eso me parece mucho más acertado el comentario de Jesús Cacho de que el problema español no es económico sino político. Muchas evidencias existen al respecto, pero por tratarse hoy de un día electoral haré emerger del océano de la confusión tan sólo un par de ellas.

Viviendo en un sistema parlamentario, en realidad los españoles hemos asistido a una carrera por la presidencia del gobierno, dejando constancia de que el partido no es sino una herramienta al servicio de sus cúpulas. ¿Dónde está la división de poderes proclamada por la Constitución del 78? Por otra parte, las cúpulas de los partidos conocen los nombres y apellidos de los que se van a sentar en las Cortes Generales desde hace varios meses por mucho que los ciudadanos piensen que hoy van a elegir, en un acto de soberanía, a sus representantes. Tan sólo refrendarán unas listas precocinadas cuyos integrantes obviamente responderán a la disciplina de quienes les proporcionan su modus vivendi ¿Qué tiene que ver eso con la representación, principal axioma de la democracia moderna? ¿de dónde se obtiene la conclusión de que vivimos bajo un sistema en el que el poder se encuentra controlado?

Es esta falta de control del poder la que ha ocasionado nuestros problemas, pues el absoluto desfase en el gasto público generado por la clase política actual no habría tenido lugar en un sistema que tuviera miedo a un veredicto popular emitido en libertad y no sólo cada cuatro años.

Lo más lamentable de todo es que la solución, la única capaz de erradicar la situación que padecemos, parece todavía muy lejana, entre otras razones porque las cuestiones que aluden a la regeneración democrática han brillado por su ausencia en esta campaña, que obliga a pensar que la estrategia del 15M original -el 15M de las clases medias que salieron esperanzadas a la calle y no el comunista de los últimos meses-, si es que hubo alguna, no ha sido ni mucho menos la adecuada.

En ese sentido puede producir confusión la suma de confianza de Pedro J. Ramírez en el gobierno del pueblo expresada en clave lincolniana y su asombro al mismo tiempo de que los ciudadanos, a pesar de lo que están viviendo, acudan masivamente a las urnas, como es previsible para hoy. En realidad, tanto la resignación como la enmienda a la totalidad de una, todavía, minoría, a las que se refiere hoy en su artículo, responden a que para una parte considerable pero no suficiente de ciudadanos no se cumplen las premisas de Lincoln, y que la mayoría se cite cada cuatro años en las urnas se debe a una suerte de servidumbre voluntaria respecto al poder y, sin duda alguna, al desconocimiento del origen de los problemas.

Pues aunque ya habita desde hace un tiempo en la psicología colectiva la sensación de que es la clase política la responsable de muchos de nuestros infortunios -es el principal problema después del económico-, la sociedad todavía no alcanza a entender que dicho problema político no puede tener más que una solución política que lo erradique definitivamente por medio de una nueva regulación del poder. Que es lo mismo que decir una ruptura o un proceso constituyente, tal y como apunta Jacopo Rosatelli.

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Empresario. Autor del libro Mando a distancia. Ex profesor de Sociología. Doctor en Derecho. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Urbanista.

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